Estos han sido los momentos mas maravillosos de mi vida y no voy a dejar de narrarlos por estar triste, por evitar recuerdos, por olvidarme de alguien a quien amo. Los guardaré con cariño. Quedan pocos posts para terminar el que ha sido el viaje mas apasionante de mi vida. Costará escribirlos. Serán breves. Pero quedarán los recuerdos preciosos.

Tras el cruce del tongariro nos dirigimos de nuevo al caravan park. Llegamos de noche y dormimos muchísimo. Por la mañana nos equipamos y elegimos los kayaks para el descenso del rio Wanganui. Un kajak tradicional para mi y uno de aguas abiertas para Marina que tenía menos experiencia. En el segundo no llevas faldón, no vas dentro del kajak y si te caes puedes salir rapidamente. Aquí hace falta decir que la experiencia que teníamos era mínima en ambos casos. Yo había hecho kajak 3 veces en mi vida y Marina una vez unos días antes… A nosotros nos parecía todo muy sencillo. 87km en 3 dias… corriente abajo. Tiene que ser facilisimo. Dejarse llevar, ver el paisaje y poco mas. Son menos de 30km diarios… Desconociamos que la gente entrena durante meses para hacer el descenso. Que en muchas secciones el rio parece un lago y el viento que corre por el desfiladero te empuja en dirección contraria, que hay que remar brutalmente para avanzar y que la media son 8 horas de remo para cada etapa… Si estás en forma.

Un 4×4 nos llevo durante una hora por carreteras misteriosas y durante una hora mas por pistas intransitables hasta dejarnos en una plataforma perdida de la nada cerca de un afluente del wanganui. El conductor nos dio un mapa plastificado y fotocopiado un número infinito de veces con indicaciones de como pasar los mas de 100 rapidos de los siguientes 3 días. Las indicaciones probablemente serían normales para cualquier persona experimentada en kajak pero yo leía cosas como “entrar en la V por el gradiente izquierdo y L en pared vertical con olas de presión de 1 metro” en letra minúscula de 4 pixels fotocopiada y plastificada.

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Conseguimos meternos en los kajaks y flotar sin parecer completamente ineptos hasta que el conductor se fue. Poco a poco fuimos cogiendo el truco y empezamos a poder avanzar. El día era maravilloso, soleado, el agua fresquita y el rio estrechito y mono…. porque era un afluente. A los pocos minutos entramos en el wanganui y eso era otra cosa. las aguas empezaron a moverse, había olitas, iba todo mas rapido y ser estable era mas complicado. El rio era mas ancho. Y las colinas de los lados pronto se convirtieron en un desfiladero precioso.

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Los primeros rápidos fueron de los mas sencillos pero un susto considerable. los pasamos por los pelos. Subidón de adrenalina y seguimos hacia adelante. Decidimos parar en una playita debajo de un acantilado. Primer error. Fango nivel arenas movedizas. Casi morimos. Pero pudimos parar un poquito y comer algo.

Continuamos y el sol empieza a pegar. Llevamos nuestras botellitas de agua, mapas, barritas de emergencia, algo de fruta. Se hace duro. Durísimo. Es como estar haciendo remo en el gimnasio al fallo muscular. Empezamos a morir. Y no llevamos ni la tercera parte del recorrido del primer día.

El terreno era precioso. Absolutamente remoto. Arboles caidos por todas partes. Troncos que sobresalían del agua y amenazaban con volcarte. Paredes verticales llenas de arboles y helechos. A veces aparecia algua cabra salvaje. De vez en cuando juntábamos los kajaks un rato y descansabamos. Ibamos cogiendole el truco. El primer día tardamos casi 9 horas en llegar a la primera cabaña. Fue durísimo y tenia los músculos de los brazos destrozados. Y ademas estaba medio insolado. Amarramos nuestros kayaks y subimos a la cabaña. Eramos aproximadamente 9 o 10 personas. La encargada de la cabaña era una señora muy mayor que controlaba perfectamente la vida remota neozelandesa. La soltaban en la cabaña via helicoptero y la recogian a la semana. Y estaba feliz porque su trampa había atrapado un possum muy gordo. Iba a despellejarlo antes de que la carne se pusiera dura porque con el pelo podía hacer muchas cosas.

La noche fue imposible. Entre la insolación y el dolor de los músculos lo pase fatal. Cualquier movimiento era como si me clavaran cuchillos en los brazos. Un movimiento mínimo y me despertaba. Pero al final consegui dormir unas cuantas horas.

Y al día siguiente nos pusimos en marcha otra vez. La etapa mas larga. Unos 33km. Mejor equipados, con gorras, mas agua y nuevos músculos en los brazos. Pero el río no se movía. Tenías que remar con todas tus fuerzas y cansaba muchísimo. En algunas zonas el viento era tan fuerte que retrocedías si no remabas. pero el paisaje cada vez era mas espectacular.

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Llegamos a la ruta del “bridge to nowhere”. La historia es triste pero bonita. Tras la segunda guerra mundial, se ofreció a algunos soldados tierras en la zona mas remota de nueva zelanda. Se intentó construir una carretera para acceder a las granjas, pero era casi imposible. El terreno era tan escarpado que no crecía nada. pero unos cuantos colonos se quedaron con la promesa del gobierno que habría un camino para llegar a la civilización. Tras muchos años de intentar construirlo, se dio por imposible la tarea. Los ultimos colones quedaron abandonados a su suerte, tras muchos años de espera. Y la zona se convirtió de nuevo en una de las mas remotas del planeta. A excepción de un puente que se construyó para llegar a la zona en las obras iniciales de la carretera que quedo como vestigio. Un enorme puente de hormigón que nada parece ser capaz de destruir. Es el “bridge to nowhere”.

Así que tras amarrar las piraguas a una piedra de una forma absolutamente precaria, conseguimos saltar a tierra y comenzar la ruta. No era muy larga y tras dos días remando usar las piernas era maravilloso. Eso si, el terreno era ESCARPADO como ningún otro. Caidas verticales hacia el río. microdesfiladeros con riachuelos… precioso. En mitad de un rainforest de helechos.

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Finalmente llegamos al puente. Una masa enorme en mitad de la nada. De la selva. Con un senderito a cada lado. Uno de los sitios mas extraños que he visitado nunca. Sacamos un par de fotos y dimos media vuelta. De regreso a los kajaks. Por el camino vimos unas cabras salvajes felices comiendo hierba que se espantaron.

La segunda noche la pasamos en un poblado Maorí. La mujer que estaba encargada de guardar el sitio fue un poco borde con Marina, y bastante bruta con alguno de los otros visitantes que había. Pero nos ofreció comida, nos trato superbien y había preparado galletitas, dulces y un montón de cosas suculentas para la llegada. Hicimos pan tostado en los fogones y nuestros ramens horribles con salchichas. El sitio era muy muy bonito y estaba vallado como una aldea de asterix, pero en plan neozelandes. Un totem gigante ocupaba el centro de la aldea.

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Esta vez no estaba insolado, mis brazos estaban recuperados y la tarde fue preciosa. La temperatura era perfecta y a excepción de algunos mosquitos se estaba muy a gusto.

El tercer día fue el mas complicado. Vientos fortísimos, aguas completamente planas y muchísima distancia entre rápidos. Los rápidos eran muy muy grandes, con olas de presión de un metro, y desestabilizaban muchísimo. Uno me lanzo contra una pared de piedra que conseguí evitar usando el remo y por unos cm. Pense que mi kajak iba a partirse en pedazos. A mitad de día aproximadamente, entramos en unos rápidos muy anchos. Marina iba delante mio, a unos 50 metros. Vi como su kajak se desestabilizaba y caia al agua. me di un susto enorme y reme con todas mis fuerzas a toda velocidad. Vi como salía del agua y los dos acompañantes que llevabamos, un padre granjero de manos gigantes y su hijo, remaban hacia ella. Llegue a toda leche justo cuando se agarraba a una roca. Conseguimos recuperar su remo, su kajak, su botellita de agua y hasta la gorra. Por suerte todo se quedó en un susto. Hay un video pésimo de como se cae y yo remando a mach 12 hacia ella. pero no se donde está ahora mismo. Si lo encuentro lo subo.

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Como no podía ser menos, en el penultimo rápido me fui yo al agua. No era especialmente complicado pero cogí mal la ola de presión y salí volando. Me costó un poco desengancharme del kajak y salir al exterior y me acordé de lo que me dijeron la primera vez que me subí a uno. No sueltes el remo. Por suerte fui capaz de empujar nadando el chisme hasta unas piedras, vaciarlo y volver a meterme dentro.

87 km y 3 días después, conseguimos llegar a la civilización. Totalmente destruidos pero felices tras una experiencia increible, nos recogieron con el 4×4, cargamos las embarcaciones y partimos de vuelta a la carretera… las agujetas durarían muchos, muchos días.