Si atraviesas una de las gigantescas puertas de los edificios viejos (que no antiguos) que dan a la plaza, llegarás a uno de esos patios interiores tan comunes, que parecen ciudades en miniatura, con decenas de escaleras, pasillos que salen a diferenes calles, cobertizos, plantas e incluso pasillos que no llevan a ningun lado. Que serpentean para acabar en un muro muerto.

Si sigues uno de esos pasillos muertos, ya de noche, y llegas hasta el final, iluminado por un florescente parpadeante, verás que no hay puertas, tan solo unas ventanas con rejas, y el cielo abierto muchos pisos mas arriba. Y si esperas a llegar hasta el fondo para girarte en vez de darte la vuelta cuando ya ves que no hay salida, te encontraras de frente con un angel de piedra durmiendo, con la cabeza apoyada en los brazos, escondido, pegado a la pared que no puedes ver si no llegas hasta el final.

Y te preguntas quien ha traido ese angel, que a primera vista encaja en un museo, en un cementerio clasico, en un templo... hasta el patio de una casa de un barrio de lo mas humilde. Que hace ahi, tan fuera de lugar, con ese aspecto tan desgastado, tan cansado.

Pero si esperas, si te quedas el suficiente tiempo, te das cuenta de que realmente no lo ha traido nadie. De que no esta desgastado. Que los trazos toscos que se ven en las alas, no son de desgaste, sino de la piedra recien tallada. De que no esta cansado, ni fuera de lugar, sino que todavia no ha despertado.
Y te das cuenta de lo afortunado que eres de contemplar el nacimiento de un Angel. De que jamas lo habrias buscado ahi, ni lo habrias encontrado de buscarlo. Y de que los sucesos mas maravillosos del mundo se dan en los sitios menos esperados.

